El origen del porque “monos”
Muchas versiones corren en el suelo patrio, sobre por qué a los guayaquileños les dicen “monos”, pero ninguna como la del historiador guayaquileño Don Gabriel Pino Roca, plasmada en sus “Leyendas, tradiciones y páginas de historia de Guayaquil”.Hacia 1693 era soberano de España Carlos II. Desquiciado y entregado a prácticas piadosas, creía ser víctima de maleficios infernales, por lo que se despreocupó de los asuntos del reino, y encargó de todo a su madre y a su elegido.
Tratando de hallar alivio para sus males, Carlos II se refugió en la compañía de ciertos animales que tenían enjaulados en una sala del palacio. Supo un día que, allá en sus remotas tierras del nuevo mundo, había curiosos animales llamados monos, que podrían formar parte de su colección.
Es así que en 1765, envió un pedido a Guayaquil, solicitando dos ejemplares. Se echó a volar por calles y plazas la petición del Rey, mientras las damas guayaquileñas comentaban “El bueno soberano quiere monos que lo diviertan”.
Las autoridades pasaron oficios a todos los tenientes y cartas a las haciendas Baba, Pueblo viejo, Palenque, Pimocha, Balzar, Yaguachi, Daule y Balao. Duró la persecución treinta y cinco días.
En la plaza de Santo Domingo, un jurado especial compuesto por el Corregidor, el Depositario General y el Alguacil Mayor, estuvo encargado de examinar los dos mejores representantes de la especie, pues moraban cerca de 30 variedades en estas tierras. Resultaron electos dos ejemplares de elevada estatura y reluciente pelaje negro, con la excepción de un cuello blanco, a modo de collar. A fines del año partieron los agraciados a España en un barco.
Está por demás decir que Carlos II quedó encantado con los monos. Novelero, instaló dos jaulas para ellos y los alimentaba personalmente, riendo con los saltos y gracias de los animales. Cierta tarde, casi al anochecer, el desventurado monarca fue víctima de una crisis nerviosa, y desquiciando echó a correr dejando puertas y jaulas abiertas, para refugiarse en su oratorio. Más ocurrió que uno de los monos, encariñado con su amo, lo siguió hasta la capilla.
Carlos II no lo vio y el mono trepó al altar hasta situarse sobre la imagen del Redentor.
Al incorporarse el monarca, clavó los ojos en el crucifijo y aterrorizado empezó a gritar: “El diablo, lo he visto, lo he visto allí”. Los guardias acudieron en su ayuda y al encender la luz del farol se echaron a reír sin parar: “vuelva en si su Majestad, es el mono de Guayaquil que ha fugado de su encierro” Mientras el mono rechinaba los dientes y se rascaba la barriga, el Rey no oía, había perdido el sentido y pasó días con fiebre alta.
La noticia se esparció rápidamente y el ridículo incidente dio pie a que la gente del palacio dijese en adelante, cada vez que a la Corte llegaba algún guayaquileño“Cuidad del Rey señores, que ha venido un mono guayaquileño y puede causarle algún espanto”.
Pasó el tiempo y algún vecino trajo el comentario hasta América, y desde entonces se da el apodo de “monos” a los nativos de Guayaquil.
Escrito por: Roberto Quinde
Bibliografía:
Leyendas, tradiciones y páginas de historia de Guayaquil- Don Gabriel Pino Roca.












